lunes, 20 de junio de 2016

El oro y las ratas (Cuento hindú)


Había una vez un rico mercader que, a punto de iniciar un largo viaje, tomó sus precauciones. Antes de partir quiso asegurarse de que su fortuna en lingotes de oro estaría a buen recaudo y se la confió a quien creía un buen amigo.

Pasó el tiempo, el viajero volvió y lo primero que hizo fue ir a recuperar su fortuna. Pero le esperaba una gran sorpresa.

- ¡Malas noticias! - anunció el amigo. Guardé tus lingotes en un cofre bajo siete llaves sin saber que en mi casa había ratas. - ¿Te imaginas lo que pasó?

- No lo imagino - repuso el mercader. - Las ratas agujerearon el cofre y se comieron el oro. ¡Esos animales son capaces de devorarlo todo!

- ¡Qué desgracia! - se lamentó el mercader. - Estoy completamente arruinado, pero no te sientas culpable, ¡todo ha sido por causa de esa plaga!

Sin demostrar sospecha alguna, antes de marcharse invitó a su amigo a comer en su casa al día siguiente. Pero, después de despedirse, visitó el establo y, sin que lo vieran, se llevó el mejor caballo que encontró. Cuando llegó a su casa, ocultó al animal en los fondos.

Al día siguiente, el convidado llegó con cara de disgusto.

- Perdona mi mal humor - dijo. - Pero acabo de sufrir una gran pérdida. ¡Desapareció el mejor de mis caballos! Lo busqué por el campo y el bosque, pero se lo ha tragado la tierra.

- ¿Es posible? - preguntó el mercader simulando inocencia. - ¿No se lo habrá llevado la lechuza?

- ¿Qué dices? 

- Casualmente anoche, a la luz de la luna, vi volar una lechuza llevando entre sus patas un hermoso caballo.

- ¡Qué tontería! - se enojó el otro. - ¡Dónde se ha visto un ave que no pesa nada alzarse con una bestia de cientos de kilos!

- Todo es posible - señaló el mercader. - En un pueblo donde las ratas comen oro, ¿por qué te asombra que las lechuzas roben caballos?

El mal amigo, rojo de vergüenza, confesó entonces que había mentido. El oro volvió a su dueño y el caballo a su establo. Hubo disculpas y los dos hombres se perdonaron.

Y hubo un tramposo que supo lo que es caer en su propia trampa.



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O, como solemos decir por aquí, antes se pilla a un mentiroso que a un cojo.




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