lunes, 1 de junio de 2015

"El pez de oro" (Cuento ruso)

Hoy voy a contar un cuento tradicional ruso. Su moraleja es muy clara y en todas las sociedades hay un cuento similar. Se titula "El pez de oro", espero que os guste.

En una isla muy lejana, llamada isla Buián, había una cabaña pequeña donde vivían un anciano y su mujer. Estaban en la mayor pobreza. Todos sus bienes se reducían a la cabaña y a una red que el mismo marido había hecho y con la que todos los días iba a pescar. 
Un día echó su red al mar, empezó a tirar de ella y le pareció que pesaba extraordinariamente. Creyendo que había pescado un pez muy grande, se puso muy contento, pero cuando logró recoger la red vio que estaba vacía. Después de registrarla bien encontró un pequeño pez. Al tratar de cogerlo quedó asombrado al ver que era un pez de oro; su asombro aumentó al oír que el pez, con voz humana, le suplicaba:
Pescador
—No me cojas, abuelito. Déjame nadar libremente en el mar y te daré todo lo que pidas. 

El anciano meditó un rato y le contestó:
—No necesito nada de ti. Vive en paz en el mar. ¡Anda! 

Y al decir esto echó el pez de oro al agua. 

Al volver a la cabaña, su mujer, que era muy ambiciosa y soberbia, le preguntó:
—¿Qué tal ha sido la pesca?
—Mala, mujer —contestó, quitándole importancia a lo ocurrido—. Sólo pude coger un pez de oro, tan pequeño que, al oír sus súplicas para que lo soltase, me dio lástima y lo dejé en libertad a cambio de la promesa de que me daría lo que le pidiese.
—¡Oh viejo tonto! Has tenido entre tus manos una gran fortuna y no supiste conservarla.

Y se enfadó la mujer de tal modo que durante todo el día estuvo riñendo a su marido.
—Si al menos, ya que no pescaste nada, le hubieras pedido un poco de pan, tendríamos algo que comer. Pero ¿qué comerás ahora si no hay en casa ni una migaja? 

Al final, el marido, no pudiendo soportar más a su mujer, fue en busca del pez de oro. Se acercó a la orilla del mar y exclamó:
—¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí! 

El pez se arrimó a la orilla y le dijo:
—¿Qué quieres, buen viejo?
—Se ha enfadado conmigo mi mujer por haberte soltado y me ha mandado que te pida pan.
—Bien. Vete a casa, que el pan no os faltará. 

El anciano volvió a casa y preguntó a su mujer:
—¿Cómo van las cosas, mujer? ¿Tenemos bastante pan?
—Pan hay de sobra porque está el cajón lleno —dijo la mujer—; pero lo que nos hace falta es una artesa nueva, porque se ha hundido la madera de la que tenemos y no podemos lavar la ropa. Ve y dile al pez de oro que nos de una.

El viejo se dirigió a la playa otra vez y llamó:
—¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí! 

El pez se arrimó a la orilla y le dijo:
Pez
—¿Qué necesitas, buen viejo?
—Mi mujer me mandó pedirte una artesa nueva.
—Bien; tendrás también una artesa nueva. 

De vuelta a su casa, su mujer le gritó:
—Vete enseguida a pedirle al pez de oro que nos regale una cabaña nueva; en la nuestra ya no se puede vivir. 

Se fue el marido a la orilla del mar y gritó:
—¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí! 

El pez nadó hacia la orilla y le preguntó:
—¿Qué necesitas ahora, viejo?
—Constrúyenos una nueva cabaña. Mi mujer no me deja vivir en paz. Está riñéndome continuamente y diciéndome que no quiere vivir más en la casa vieja.
—No te entristezcas. Vuelve a tu casa, que todo estará hecho. 

Volvió el anciano a casa y vio con asombro que en el lugar de la cabaña vieja había otra nueva hecha de roble. Pero de nuevo su mujer corrió a su encuentro y empezó a reñirle más enfadada que nunca:
—¡Qué viejo más estúpido eres! No sabes aprovecharte de la suerte. Has conseguido tener una cabaña nueva y creerás que has hecho algo importante. ¡Imbécil! Ve otra vez al mar y dile al pez de oro que no quiero ser por más tiempo una campesina. Ahora quiero ser mujer de un gobernador para que me obedezca la gente y me salude con reverencia. 

Se dirigió de nuevo el anciano a la orilla del mar y dijo en voz alta:
—¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

Se arrimó el pez a la orilla como otras veces y dijo:
—¿Qué quieres, buen viejo?
Zarina —Mi mujer no me deja en paz. Se ha vuelto completamente loca. Dice que no quiere ser más una campesina, que quiere ser la mujer de un gobernador.
—No te apures. Vete a casa y reza a Dios, que yo lo arreglaré todo. 

Volvió a casa el anciano, pero al llegar vio que en el sitio de la cabaña se elevaba una magnífica casa de piedra con tres pisos. Corrían apresurados los criados por el patio. En la cocina, los cocineros preparaban la comida, mientras que su mujer estaba sentada en un rico sillón vestida con un precioso traje y dando órdenes a todos.
—¡Hola, mujer! ¿Estás ya contenta? —le dijo el marido.
—¿Cómo te has atrevido a llamarme tu mujer, a mí, que soy la mujer de un gobernador? —y dirigiéndose a sus sirvientes les ordenó— Coged a ese miserable campesino que pretende ser mi marido y llevadlo a la cuadra para que lo azoten bien. 

Enseguida los sirvientes cogieron por el cuello al pobre viejo y lo arrastraron a la cuadra, donde los mozos lo azotaron de tal modo que después con gran dificultad pudo ponerse en pie. Luego, la mujer lo nombró barrendero de la casa y le dieron una escoba para que barriese el patio. 

Para el pobre anciano empezó una vida llena de amarguras y humillaciones. Tenía que comer en la cocina y todo el día estaba ocupado barriendo el patio.
—¡Qué mala mujer! —pensaba el anciano—. He conseguido para ella todo lo que ha deseado y me trata del modo más cruel, e incluso niega que yo sea su marido. 

Sin embargo, no duró mucho tiempo aquello porque al fin se aburrió la mujer de su papel de esposa de gobernador. Llamó al anciano y le ordenó:
—Ve, viejo tonto, y dile al pez de oro que no quiero ser más mujer de gobernador. Ahora quiero ser Zarina. 

Se fue el anciano a la orilla del mar y exclamó:
—¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí! 

El pez de oro se arrimó a la orilla y dijo:
—¿Qué quieres, buen viejo?
—¡Ay, pobre de mí! Mi mujer se ha vuelto aún más loca que antes. Ya no quiere ser mujer de gobernador; ahora quiere ser una zarina.
—No te apures. Vuelve tranquilamente a casa. Todo estará hecho. 

Volvió el anciano a casa, pero en el sitio de esta vio elevarse un magnífico palacio cubierto con un tejado de oro. Los centinelas hacían la guardia en la puerta con el arma al brazo. Detrás del palacio se extendía un hermosísimo jardín y delante había un gran ejército para protegerlo. La mujer, vestida como correspondía a su rango de Zarina, salió al balcón y empezó a pasar revista a sus tropas mientras los músicos tocaban el himno real.

Pero al poco tiempo la mujer se aburrió también de ser Zarina y mandó que buscasen al anciano y lo trajesen a su presencia. Cuando el viejo llegó hasta ella, le gritó:
—¡Ve, viejo tonto! Ve enseguida a la orilla del mar y dile al pez de oro que no quiero ser más una Zarina. ¡Quiero ser la diosa de los mares, para que todos los mares y todos los peces me obedezcan! 

El buen viejo quiso negarse, pero su mujer lo amenazó con cortarle la cabeza si se atrevía a desobedecerla. Con el corazón oprimido se dirigió el anciano a la orilla del mar, y una vez allí, exclamó:
—¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí! 

Pero no apareció el pez de oro. El anciano lo llamó por segunda vez, pero tampoco vino. Lo llamó por tercera vez, y de repente se movió el mar, se levantaron grandes olas y el color azul del agua se oscureció hasta volverse negro. Entonces el pez de oro se arrimó a la orilla y dijo:
—¿Qué más quieres, buen viejo? 

El pobre anciano le contestó:
—No sé qué hacer con mi mujer; está furiosa y ha amenazado con cortarme la cabeza si no vengo a decirte que ya no quiere ser una Zarina. Ahora quiere ser diosa de los mares, para mandar en todos los mares y gobernar a todos los peces. 

Esta vez el pez no respondió nada al anciano, se volvió y desapareció en las profundidades del mar. 

El desgraciado viejo volvió a casa y quedó lleno de asombro. El magnífico palacio había desaparecido y en su lugar se hallaba otra vez la primitiva cabaña vieja y pequeña, en la cual estaba sentada su mujer, vestida con unas ropas muy pobres. 

Tuvieron que volver a su vida de antes, dedicándose otra vez el viejo a la pesca, y aunque todos los días echaba su red al mar, nunca volvió a tener la suerte de pescar al maravilloso pez de oro. 


2 comentarios:

  1. Me ha encantando el cuento. Me pongo en la piel del pescador y ufffff que paciencia la suya.... :)
    Gracias por compartirlo.

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    Respuestas
    1. Jeje, la verdad es que su mujer es un poquito avariciosa.

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