martes, 10 de marzo de 2015

El pasado del menor

A menudo leo o escucho que los padres adoptivos deben estar muy preocupados por si llega el día en que los padres biológicos de sus hijos reaparecen en sus vidas y los reclaman. No voy a decir que esa posibilidad sea totalmente imposible, quizás suceda, pero no es algo que nos deba quitar el sueño. Nuestro hijo o hija nos "dejará" un día, como nos dejan los hijos biológicos, se irán de casa, pero aún así seguirán siendo nuestros hijos, y nosotros seguiremos siendo sus padres, para siempre.

Todas las personas, y los niños adoptados no son menos, tenemos derecho a investigar nuestro pasado, nuestras raíces, a buscar a nuestra familia biológica y enfrentarnos a nuestros sentimientos para así ser capaces de dar forma a nuestro auténtico "yo" y encontrar la paz interior. Además, la Ley les reconoce ese derecho y ellos son los únicos que pueden decidir si quieren hacer uso de él o no. Nuestra obligación como padres de un hijo o hija adoptivos es quererlos, protegerlos, educarlos y ayudarles en esa búsqueda, si es lo que él o ella quiere. Tenemos que estar ahí, a su lado, siempre que lo necesiten, como hacen los padres biológicos. En eso consiste la adopción, ni más ni menos.

Todos los niños tienen derecho a tener una familia. Nosotros, los padres, no tenemos ningún derecho a que nos entreguen un hijo. Lo único que podemos hacer es luchar por conseguir formar una familia siguiendo todos los trámites que la Ley establece y esperar a que "encuentren" en algún lugar el niño o niña que "encaja" en nuestras vidas. A partir de ahí, padres e hijos deberemos seguir luchando y trabajando por formar una verdadera familia. Por tanto, a esos niños no les ha tocado la lotería. Nosotros no somos héroes ni estamos haciendo una obra de caridad. Son frases que todos los que estamos en este proceso escuchamos antes o después. Y no son verdad.

Los niños adoptados han podido llevar una vida más o menos difícil, su pasado les habrá dejado más o menos huella, pero es indudable que todos han sufrido al menos un abandono en su corta vida y que, de repente, son entregados a unos desconocidos, que a veces ni siquiera hablan su misma lengua, y los arrancan del único entorno que conocen para llevarlos a veces incluso a otro país. ¿Qué sentiríamos nosotros en su lugar? ¡Miedo, seguro! Incluso niños algo más mayores que están deseando tener una familia sienten miedo a lo desconocido. "¿Y si no son buenos conmigo? ¿Y si ellos también me acaban abandonando?" Quizás por eso su único recurso sea llorar. Que no nos invada el pánico a nosotros, es una reacción normal. Dicen que el miedo duele más que el propio dolor.

A un niño adoptado hay que quererlo mucho. Hay que educarle, protegerle y ponerle límites, como a todos los niños. Pero, sobre todo, hay que quererlo muchísimo porque son niños que no conocen lo que es el amor de una familia y tienen que aprender a crear ese vínculo con nosotros. Construir un vínculo sólido es una tarea de años, no se consigue de un día para otro. Pero cuando se haya creado, será un vínculo eterno. Por eso, no debemos tener miedo a que el pasado de nuestros hijos reaparezca en sus vidas. Ellos sabrán ya quién es su verdadera familia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...